LAS CARTAS SOBRE LA MESA. NOS TOCA JUGAR.
Después de las alegrías de la Noche Buena y del día de Navidad, después de los buenos deseos del Año Nuevo, volvemos al pesebre a donde está el Niño causante de tanto sosiego y gozo y deseos de Paz Bien y ahora nos toca a nosotros y debemos preguntarnos. ¿ Qué vamos ha hacer con todo lo que hemos vivido? ¿ Cómo va a determinar nuestra vida, nuestras actitudes, nuestros deseos esto que se nos ha anunciado y que hemos podido contemplar? ¿ Adonde la gracia, la alegría, la ilusión y sobre todo los deseos de ser buenos, de vivir como Hijos de Dios, como pueblo suyo, pueblo de la alianza? Porque el Niño sigue estando ahí y nosotros en nuestros quehaceres en donde la vida se va desparramando y en donde los interrogantes, las certezas, las dudas, los miedo, los no saberes y los grillos de nuestros insomnios siguen haciendo de las suyas. ¿Cómo nos colocamos ante la vida a partir de lo vivido? ¿ Hemos pensado en ello? ¿Tiene fuerza esta experiencia como para animarnos a cambiar, o solo es un humo de pajullos que no llegan a nada?
Los textos nos invitan al reconocimiento de Dios Padre una vez mas en nuestra historia, en nuestra vida, esa presencia suya que lo llena todo, lo invade todo, lo fertiliza todo y aun aquello que parece no puede dar nada lo hace capaz de dar fruto.
La primera lectura ( Ecl. 24,1-4.12-16 9 nos recuerda que la sabiduría de Dios es la que en boca de su pueblo le hace estar en lo cierto aunque la fuerza del mal sea tan grande que parezca va a ganar. La sabiduría, el saber de Dios, su inspiración, se nos dice en este texto, ha echado raíces en un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad y esto nos debe llenar de certeza al tiempo que de agradecimiento. Dios sigue estando en medio de su pueblo de miles forma y maneras.
La segunda lectura es de Pablo a los de Éfeso ( Ef. 1,3-6.15-18 ) Éfeso en aquella época era una ciudad grande, opulenta, rica y cosmopolita en donde Vivian gente de todos los lugares del mundo conocido; tambien judíos en la diáspora que oyendo la predicación de Pablo de y Tito se convierten, pero andan en remilgos y dejándose ganar por las influencias de otras culturas que les lleva a sentir vergüenza de su ser cristianos. Pablo coge el toro por los cuernos y trata de hacerles caer en la cuenta de que ese no es el camino y lo hace de un modo sutil, con caridad pero también con firmeza y trata de implicarles en el acontecimiento de Cristo de forma que ellos sean capaces de descubrir todo lo que significa, a lo que están llamados, lo que les espera; pero claro, hay que ser fieles, transparentes, sinceros, no podemos andar en una doble vida. La fe es algo que ha de embargar toda nuestra existencia les dice. No se trata de un aparentar, de una moda, de un cumplir. La fe no es nada de eso, sino antes bien y como su propio nombre indica, es fidelidad; si, fidelidad y me atrevo a decir, a prueba de bomba. En esto de la fe no podemos andar con chanchullos o dimes y diretes, o como el que se muda de ropa cada día. Cierto que es un don de Dios y si es un don que Dios da, seguro que no lo da a medias, sino que lo da en plenitud y nos toca a nosotros hacerlo crecer en y con nuestra vida, con nuestra oración, con nuestro tener presente a Dios en nuestra existencia, con ese estar al tanto como María: ¿ recuerdan? Meditaba todo aquello en su corazón nos decía el otro día el evangelista Lucas. Ahí la clave. El texto del evangelio es una vez mas el prólogo del evangelio de Juan ( Jn.1,1-18 ), en donde como todos ya sabemos nos recuerda y nos hace caer en la importancia de Jesús como el que nos revela al Padre, ese estar junto al Padre desde el principio, ese posibilitarnos poder llamar a Dios Padre, esa entrega y palabra de Dios que por medio de los hombres que el llama, nos recuerdan su palabra y su presencia, ese testimonio que nos da el evangelista de como Dios se ha ido dando a conocer y ahora en los tiempo de hoy en una entrega total definitiva y sin resquicios. Eso que nos dice de poder llegar a ser en Dios por el Hijo Único que nos lo da a conocer.. Todo ello, digo nos debe llevar a la exclamación, al reconocimiento de una paternidad que se desborda y que en todo momento se entrega sin renunciar ni un ápice a su ser haciéndonos de el.
Todo por el Hijo amado cuyo nacimiento celebramos en estos días y cuya humildad y abajamiento conmueven, como hizo con los pastores, a todo el que se acerque a su cuna.
Las cartas, digamos que están sobre la mesa. Nos toca jugar.
¡¡Feliz día del Señor” .
José Rodríguez Díaz.








