sábado, 23 de mayo de 2026

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS. CICLO A. 24 DE MAYO 2026.

 PENTECOSTÉS: LA FIESTA DE LA COSECHA, LA OFRENDA Y LA ALEGRÍA.



Pasados los cincuenta días de la Pascua el pueblo de Israel celebraba la fiesta de las primicias, de los frutos primeros que recogían en el campo y que ofrecían al Señor como agradecimiento por haberles traído a la tierra que ahora poseen; ese era el motivo de esta  fiesta de los cincuenta días o de las semanas conocida como la fiesta de Pentecostés y por ello se reunían en Jerusalén judíos de todas las partes del mundo conocido, de la diáspora.

En la Nueva Alianza que se inaugura con Nuestro Señor Jesucristo la pascua ya no es salir de la tierra de Egipto, sino de nuestros propios dominios para recorrer el camino que el Señor nos señala y lo hacemos con Jesús, porque su pascua, su paso, es también hoy nuestro paso y nuestra Pascua y ahora nos toca recibir los frutos, los primeros frutos de la gran promesa, los frutos de la tierra que mana leche y miel: el mismo Espíritu con todos sus dones, a los cincuenta días, en Pentecostés. El mismo Espíritu, digo, que animó a Jesús, le fortificó, se manifestó a lo largo de su vida y de forma especial junto con el Padre en el Jordán y en su quehacer cotidiano y que el prometió a los suyos. Hoy estamos en esa promesa cumplida; hoy celebramos la fidelidad del Señor que realiza la palabra dada, lo prometido. El dijo: el mismo Espíritu que poseo, que está en mi, ustedes también lo tendrán y la fuerza que desplegó en mi vida porque somos uno con el Padre, la desplegará en ustedes siempre que estén en sintonía con el Padre y permanezcan en mí.


 Reciban el Espíritu, les dice. Esto sigue resonando hoy en toda comunidad que ora, que se fía, que espera, que lucha por un mundo mas justo, que se esfuerza por vivir la fe desde la sinceridad y la verdad; no lo vemos, no lo controlamos, pero si lo sabemos, lo sentimos y percibimos su actuar como caricia de enamorado que consuela en la tristeza y que posibilita el descanso en el cansancio y en la rutina de los días.

 Lo invocamos y le pedimos que venga, eso significa que estamos queriendo hacer lo que el nos recomendó y recomienda. Eso supone que queremos vivir como hijos del Padre, como Jesús, desde esta nuestra humanidad tan dolida y a veces tan desconcertada por no entender, por no saber, porque anda suspirando por alcanzar la plenitud, cosa que no termina de llegar pero que si  llegará; si,  llegará un día, no sabemos cuando, pero mientras, nos debatimos entre ese si, pero todavía no - lo mismo que  Santa Teresa de Jesús que lo expresaba diciendo aquello de “vivo sin vivir en mí. etc. “ - hasta que el Padre decida.

 

El Espíritu Santo es quien está llamado a mantener y vitalizar en nosotros todo el proyecto de salvación que Dios tiene para los que creen, para los que se fían, para los que aprenden a esperar porque es que hay que aprender a esperar; hay que saber mantenerse firmes en y por Jesús y por eso la misión del Espíritu es la de darnos inteligencia, la medicina del saber, de la paciencia, de la constancia y sobre todo del amor para no dejar que el mundo - el pecado – nos trague y elimine todo el proyecto de gracia y salvación, de comunión e inmersión en el misterio, que Dios tiene para con todos y cada uno nosotros.


Esto es Pentecostés, la fiesta de la cosecha y la ofrenda. La fiesta del ya, pero todavía no. La fiesta del Vivo sin vivir en mí. La fiesta del dejarse llevar.

¡¡Feliz día del Espíritu.!!


José Rodríguez Díaz

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