PENTECOSTÉS: LA FIESTA DE LA COSECHA, LA OFRENDA Y LA ALEGRÍA.
En la Nueva Alianza que se inaugura con Nuestro Señor Jesucristo la pascua ya no es salir de la tierra de Egipto, sino de nuestros propios dominios para recorrer el camino que el Señor nos señala y lo hacemos con Jesús, porque su pascua, su paso, es también hoy nuestro paso y nuestra Pascua y ahora nos toca recibir los frutos, los primeros frutos de la gran promesa, los frutos de la tierra que mana leche y miel: el mismo Espíritu con todos sus dones, a los cincuenta días, en Pentecostés. El mismo Espíritu, digo, que animó a Jesús, le fortificó, se manifestó a lo largo de su vida y de forma especial junto con el Padre en el Jordán y en su quehacer cotidiano y que el prometió a los suyos. Hoy estamos en esa promesa cumplida; hoy celebramos la fidelidad del Señor que realiza la palabra dada, lo prometido. El dijo: el mismo Espíritu que poseo, que está en mi, ustedes también lo tendrán y la fuerza que desplegó en mi vida porque somos uno con el Padre, la desplegará en ustedes siempre que estén en sintonía con el Padre y permanezcan en mí.
Lo invocamos y le pedimos que venga, eso significa que estamos queriendo hacer lo que el nos recomendó y recomienda. Eso supone que queremos vivir como hijos del Padre, como Jesús, desde esta nuestra humanidad tan dolida y a veces tan desconcertada por no entender, por no saber, porque anda suspirando por alcanzar la plenitud, cosa que no termina de llegar pero que si llegará; si, llegará un día, no sabemos cuando, pero mientras, nos debatimos entre ese si, pero todavía no - lo mismo que Santa Teresa de Jesús que lo expresaba diciendo aquello de “vivo sin vivir en mí. etc. “ - hasta que el Padre decida.
El Espíritu Santo es quien está llamado a mantener y vitalizar en nosotros todo el proyecto de salvación que Dios tiene para los que creen, para los que se fían, para los que aprenden a esperar porque es que hay que aprender a esperar; hay que saber mantenerse firmes en y por Jesús y por eso la misión del Espíritu es la de darnos inteligencia, la medicina del saber, de la paciencia, de la constancia y sobre todo del amor para no dejar que el mundo - el pecado – nos trague y elimine todo el proyecto de gracia y salvación, de comunión e inmersión en el misterio, que Dios tiene para con todos y cada uno nosotros.
Esto es Pentecostés, la fiesta de la cosecha y la ofrenda. La fiesta del ya, pero todavía no. La fiesta del Vivo sin vivir en mí. La fiesta del dejarse llevar.
¡¡Feliz día del Espíritu.!!
José Rodríguez Díaz









