sábado, 12 de septiembre de 2026

Senegal, sor Chrysologa: la “madre de los niños” de Vélingara


 En lengua pulaar, “Néné Soukabé” significa “madre de los niños”. Es el nombre con el que, poco después de abrir un centro para pequeños desnutridos en la pequeña ciudad senegalesa de Vélingara, todos comenzaron a llamar a la misionera polaca sor Chrysologa Mnich SMCB.

Sor Elena Isachenko SMCB

Desde la infancia, sor Chrysologa cultivaba dos sueños: convertirse en enfermera e irse como misionera. Ambos se han realizado en su vocación religiosa. Al entrar en la Congregación de las Hermanas de la Misericordia de San Carlos Borromeo, además de los tres votos religiosos tradicionales, pronunció, como todas las hermanas, un cuarto voto: el de la misericordia. Un compromiso que se ha convertido en el pilar de su vocación misionera. Desde los primeros días que pasó en el continente africano, la religiosa se ha enfrentado a condiciones de extrema pobreza y a la plaga del hambre, especialmente entre los niños. Según el Global Nutrition Report, en Senegal uno de cada diez niños menores de cinco años sufre desnutrición aguda y solo el 10% de los niños de entre 6 y 23 meses recibe una nutrición adecuada. Además, el 52% de las mujeres en edad reproductiva sufren anemia. Como resultado, las madres desnutridas dan a luz a bebés con un peso al nacer extremadamente bajo, lo que resulta en un mayor riesgo de mortalidad infantil. “Cuando trabajaba como enfermera en la clínica de Vélingara -cuenta la hermana Chrysologa-, las madres solían venir a vernos con sus hijos. Los pequeños se encontraban en estado crítico. Después de estar en Kolda, vi un centro para niños desnutridos que nuestras hermanas habían abierto allí. Comprendí que Vélingara también necesitaba un centro similar”.

“¡Estaba segura de que era obra de Dios!”

El 13 de septiembre de 1993 es una fecha que ha quedado grabada para siempre en la memoria de la religiosa: precisamente ese día comenzó la actividad del Centro para niños desnutridos de Vélingara. Desde el principio, su desarrollo estuvo acompañado por muchos eventos que Sor Chrysologa no duda en llamar milagrosos. “Al principio solo teníamos dos habitaciones pequeñas: una servía de oficina y almacén, en la otra había ocho camas. ¡Y esto para 30 personas que pedían ser acogidas!”, recuerda la misionera. Tras la primera temporada de lluvias, los locales se inundaron y se hizo evidente la necesidad de encontrar un nuevo emplazamiento. Fui a ver al alcalde, que me ofreció un edificio abandonado con un pequeño jardín al lado. Estaba en pésimas condiciones, pero había electricidad y agua. ¡Qué alegría!

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