Benedetta Capelli y Guglielmo Gallone - Ciudad del Vaticano
«El país no ha mejorado; es un país en guerra. Hay frentes abiertos, hay líneas de retaguardia, hay toda una población sufriendo y tratando de adaptarse a una vida cotidiana cada vez más complicada». Este es el testimonio de Maddalena Boschetti, misionera laica de la organización fidei donum en Haití desde 2002, donde la violencia de las pandillas sigue extendiéndose y transformando la vida diaria de la población. Ir a trabajar, viajar, rezar y conseguir alimentos se han convertido en desafíos cada vez mayores, al tiempo que el aumento de los precios agrava una situación humanitaria ya de por sí crítica.
La masacre de Kenscoff
Haití ha vuelto a acaparar la atención internacional tras la masacre de Kenscoff, en las colinas a las afueras de Puerto Príncipe. El ataque, perpetrado la noche del 23 al 24 de agosto, dejó 47 muertos y 22 heridos. Más de 50 personas fueron secuestradas. Entre las víctimas había niños. Los atacantes asaltaron viviendas y agredieron a civiles, llegando incluso a asesinar a varias personas que se habían refugiado en una iglesia.
El domingo, tras el Ángelus en Castel Gandolfo, el Papa León XIV hizo un nuevo llamamiento al país caribeño: «Expreso mi cercanía en oración a las víctimas y a sus familias y pido la liberación inmediata de todos los rehenes. Hago un ferviente llamamiento a todos los responsables para que realicen esfuerzos concretos para garantizar la seguridad de la población y poner fin a todas las formas de violencia».

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