sábado, 13 de junio de 2026

DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

 SU PUEBLO Y OVEJAS DE SU REBAÑO.

 Los textos que hoy nos ocupan nos invitan a reflexionar sobre la elección que el Señor hace a todos y cada uno de nosotros, sobre el envío, sobre nuestra vocación como pueblo de Dios que somos. El primer texto es del libro del Ex.19,2-6 y ahí nos encontramos que el Señor hablando con Moisés le pide que recuerde al pueblo que se pertenecen por la alianza en la que ambos se han comprometido: el a cuidarles y ellos a servirle en fidelidad y santidad es lo que leemos en el texto: “ Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”.

Desde aquí parte el nacimiento del orden sacerdotal que luego y con el paso de los años, ha ido evolucionando hasta llegar hasta nuestro días.

Pablo, en la segunda lectura nos recuerda ( Rom.5,6-11) el sacerdocio de Cristo con su entrega generosa y santa en una vida fiel y transparente. Por el hemos sido reconciliados en el amor, con el Padre. Este es el ministerio sacerdotal de Cristo que con la ofrenda de su vida en obediencia y aceptación, se ofrece al Padre por los que les han sido encomendados. El Santo ofrece su vida por los pecadores para que todos alcancen santidad, es decir, la vida de Dios. Para que estemos y podamos vivir en Dios, sin temor ni engaño.

En el texto del evangelio ( Mt. 9,36-10,8) nos encontramos al mismo Jesús que elige de entre los que le siguen a los que han de ir por el mundo continuando su obra y los llama por su nombre y los envía y les recomienda que no pierdan el horizonte de su misión: vivir y anunciar el Reino de los Cielo con su palabra, con su vida, con su entrega.

        Con el paso del tiempo y desde el mismo ministerio y conocimiento del Señor y con la ayuda del Espíritu Santo, nos percatamos que ese ministerio tiene su raíz en la voluntad de comunión que se expresa en la Alianza cuyo fruto y exigencia es la santidad. Ambos no son exclusividad de persona concreta, es don que Dios da a la comunidad y que esta pone en manos de los suyos para que lo realicen en nombre de todos y por todos.

Ministerio y santidad van íntimamente unidos: ministerio como servicio y santidad propia del mismo servicio cuya característica mas común es la fidelidad y la transparencia de vida en el Señor.

  Conformamos el cuerpo de Cristo, la Iglesia; el Nuevo Pueblo de Dios, el Pueblo de la Nueva Alianza y nos sentimos participes de su ministerio sacerdotal por los que somos llamados y enriquecidos por su santidad; llamados a su misma santidad.

Cristo es quien nos reúne, el es quien nos instruye; el que nos envía y por el que, como Nuevo Pueblo de Dios, estamos llamados a alimentarnos del misterio Trinitario, a vivir la santidad de Dios, es decir, a ser santos.

¡¡Feliz día del Señor !!

José Rodríguez Díaz


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