sábado, 11 de julio de 2026

LA PALABRA DEL DOMINGO.DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO A.

ESA TIERRA FÉRTIL


Despues de haber sido testigos del envío que hace Jesús de los discípulas y de su oración de acción de gracias al Padre, la palabra de este domingo nos pone ante el hecho mismo del anuncio invitándonos a reflexionar de forma que podamos caer en la cuenta de que la Buena Noticia no siempre va a dar fruto y esto por diferentes motivos que tienen que ver con la tierra  donde cae.

Pero vamos al la primera lectura en donde es el profeta Isaías, 55,10-11 quien nos recuerda que el primer sembrador es el mismo Yahvé que envía su palabra a los hombres lo mismo que la lluvia cae sobre la tierra en sequía, para empaparla, hacerla fecunda y que germine, para que de semilla al sembrador y pan al que come. Dicha palabra está llamada a dar fruto, es lo que asegura el profeta en nombre del Señor: No volverá a mi vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo, dirá. Hay un evangelista que reflexionando sobre esto nos hace caer en la cuenta de que esa palabra de la que habla Isaías, esa profecía, aún siendo válida para el momento en que se dice, tiene una otra dimensión que va mas allá del tiempo, del instante y que en la persona de Jesús encuentra cumplimiento. Con poco que rebusquemos en el evangelio de San Juan encontramos esto que acabamos de decir. Así que, Jesús es como esa lluvia de la que habla el profeta que empapa la tierra; como la semilla que va a dar fruto, que saciará el hambre y que no va a volver al Padre con las manos vacías.


El segundo texto es de San Pablo a los de Roma  (8,18-23) en donde trata de animar y fortalecer a esta comunidad que está pasando por duros trabajos y penalidades por lo que la fe se ve en muchas ocasiones debilitada y herida. Les alienta, les anima y les invita a mirar al futuro esperando en la fuerza de Dios manifestada en Jesús que se hará patente no solo para ellos, sino para toda la creación que tambien anda gimiendo con dolores como de parto ante la expectativa de lo que le espera y que está deseando que llegue: la cristalización de la redención alcanzada por la entrega de Cristo. Este nuestro gemir en nuestro interior, nos dice Pablo es tambien el de toda la creación que anhelante desea los frutos de la redención total, lo mismo que toda la humanidad. Es decir, el universo entero es todo atravesado por la salvación de Cristo, será Cristificado.

El texto del evangelio ( Mt. 13,1-23 ) nos presenta en esta ocasión a un Jesús maestro, que sale de casa y se va allí donde sabe que la gente está, a la orilla del lago; que enseña, que se sienta y explica tratando de hacer reflexionar a los que le escuchan. Habla a la gente y les habla de la necesidad de saber rumiar y acoger la Palabra de Dios con diversos ejemplos, habla de lo que le puede suceder a la semilla destinada a dar furo y que el sembrador esparce en la tierra. No toda ella va a caer en tierra buena, les dice. El labrador hace lo suyo, la semilla es la apta para la siembra, que germine o no, que de fruto o no, va a depender del sitio donde caiga.

Jesús habla a la gente con un ejemplo del campo que todos pueden entender. Les habla de la Palabra de Dios cuya acogida es necesaria para que el Reino sea una realidad. La enseñanza de esta parábola está en que hemos de esforzarnos en ser buena tierra, es decir, en saber no sólo acoger sino tambien escuchar y llevar a la vida esa palabra- presencia de Dios. Es entonces cuando se producirá el milagro y habrá una hermosa y abundante cosecha. Es entonces cuando el Reino de Dios, que  según vamos descubriendo, depende también de nosotros y no solo de Dios, empiece a ser una realidad porque esa palabra que es escuchada, acogida y hecha vida, se convierte en nosotros en la misma Palabra de Cristo, nos transforma en el mismo Jesús, nos lleva a la comunión con el Padre. Jesús dirá: quien me ve a mi ve al padre, quien me acepta a mi acepta al padre, quien está conmigo está con el padre; quien les acepte a ustedes a mi me acepta. Y en otro apartado: vendremos y haremos morada en el, porque el Padre y yo somos uno. Nos abre de esta forma una puerta que nos lleva hasta el misterio de las mismísimas entrañas de Dios, por pura gracia, don y misericordia.

A Isaías le oíamos decir en la primera lectura : “ no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo” ¿ Tendrá  todo eso algo que ver  no sólo con Jesús sino también con todos y cada uno de nosotros ?

Porque ya no solo se trata de ser buena tierra y de dar  fruto, sino que seamos mas, que nosotros mismos seamos fruto del mismo Dios, como Jesús. 

¡¡ Feliz día del Señor!!

José Rodríguez Díaz

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