sábado, 4 de enero de 2020

LA PALABRA DEL DOMINGO

DOMINGO SEGUNDO DESPUÉS DE NAVIDAD.
Jun. 1, 1-18

       RECIBIENDO GRACIA TRAS GRACIA

  Nos encontramos  este domingo con el prólogo del Evangelio de San Juan en donde hace una reflexión de quien es Jesús, su procedencia y  el bien que aporta a todos los que  le aceptan y creen en El.
Jesús como Palabra de Dios, palabra creadora,  es capaz de seguir creando y renovando todo, seguir salvando, eso es lo que se nos dice y todo ello en el proceso de acompañar a los hombres a quienes se nos va manifestando hoy por medio de aquellos que sintiéndose llamados  le anuncian y lo ofrecen al mundo, a la creación entera,  a todos. 
El paso siguiente ya es personal y se trata de que aquellos que oyen y ven, sean capaces de aceptar y dejarse ganar por la presencia de esta Palabra hecha carne que es Jesús y, desde ese momento,   va ser  El mismo  quien se encarga de todo lo demás enviando el Espíritu y posibilitando que los que le reciben puedan sentirse , llamarse hijos e invocar a Dios como Padre que es.

   Es Jesús  que vive en el seno del Padre quien nos lo revela y quien revelándonos nos ofrece la  oportunidad de sentirnos miembros de la familia trinitaria, hijos. La filiación se traduce en salvación, recibiendo gracias tras gracia pudiendo permanecer en el misterio del Dios que en el Hijo y con la fuerza del Espíritu, se entrega, se da a los que  abren el corazón para recibirle.
 De esta manera Juan nos explica el misterio de la salvación que parte de la voluntad primera de Dios  pero que también necesita de la voluntad, de la libertad del hombre.
    Todo es amor, todo es gratuidad, todo esta llamado a fundirse en ese amor por el que Dios se abaja, se entrega y por el que sigue recreando  el mundo y a todo hombre,  transformando y  dando sentido y razón a nuestra existencia.
 El es la plenitud  y en el hallamos la plenitud de nuestra vida y nuestro amor  si sabemos permanecer  en el misterio  que se nos revela y se nos da por medio del Hijo Amado con la fuerza del Espíritu.
¡¡Feliz  domingo segundo de navidad!!
     

NOTICIAS DE NUESTRA PARROQUIA



Entramos en la última jornada de las fiestas y para este fin de semana, que se nos presenta largo, tenemos las siguientes celebraciones. 


 Hoy sábado la eucaristía  será a las 7 de la tarde.

Mañana domingo, celebramos el segundo domingo después de Navidad,  las celebraciones serás a las 9,30 de la mañana y a las 12 del medio día.
 ¡¡¡ATENCIÓN!!  No tendremos misa de víspera el domingo por la tarde.

El lunes, fiesta de la Epifanía del Señor  - los Reyes magos- las misas serán a las 9,30 de la mañana y a las doce del medio día , como en domingo.

El día 7 martes, descansamos.

¡¡Felices Reyes para todos!!

El anuncio del Evangelio en el mundo secularizado – 21 de diciembre de 2019




El anuncio del Evangelio en el mundo secularizado
En su reciente discurso a la Curia, el Papa ha recordado que no vivimos más en la cristiandad y ha hablado de la necesidad de una conversión pastoral y de la raíz de ser auténticos misioneros.


Andrea Tornielli
En el discurso a la Curia que Francisco ha pronunciado el sábado 21 de diciembre, han sorprendido algunas palabras y también el modo con el cual los ha dicho. Reconociendo una evidencia ya predicha por algunos grandes hombres de Iglesia muchos años antes del Concilio Vaticano II, el Papa ha subrayado: «No estamos más en la cristiandad. No más – ha recalcado – Hoy no somos los únicos que producen cultura, ni los primeros, ni los más escuchados». «No estamos ya en un régimen de cristianismo porque la fe», en gran parte del Occidente «ya no constituye un presupuesto obvio de la vida común», e incluso, es negada y burlada.
Tenemos por lo tanto necesidad, ha agregado el Papa, «de un cambio de mentalidad pastoral, que no quiere decir pasar a una pastoral relativista». Un cambio de mentalidad que parte de la constatación de que «la vida cristiana, en realidad, es un camino, una peregrinación». Y el camino, obviamente, «no es puramente geográfico, sino sobre todo simbólico: es una invitación a descubrir el movimiento del corazón que, paradójicamente, necesita partir para poder permanecer, cambiar para poder ser fiel».
En un tiempo la fe se transmitía en las familias a través de la leche materna y el ejemplo de los padres, y también la sociedad se inspiraba en los principios cristianos. Hoy esta transmisión se ha interrumpido y el contexto social aparece incluso anticristiano, al menos impermeable a la fe cristiana. De ahí la pregunta que ha dado vida al Concilio y ha atravesado los últimos pontificados: ¿cómo anunciar el Evangelio allí donde ya no es más conocido o reconocido? No es casualidad que con un creciente exponencial los Obispos de Roma que se han sucedido hayan indicado precisamente en la misericordia la medicina necesaria para sanar las heridas de nuestra humanidad contemporánea. La misericordia de un Dios que te busca, se acerca, y te abraza antes de juzgarte. Es experimentando ese abrazo que nos reconocemos como pobres pecadores constantemente necesitados de ayuda.

Involución cultural: Prefieren a mascotas que a seres humanos

El 52 por ciento de los españoles prefiere a sus mascotas antes que a los seres humanos, según un estudio realizado por Amazon sobre los comportamientos y actitudes de dueños de mascotas en España.
El estudio destaca que las personas que tienen mascotas admiten que harían cualquier cosa para satisfacer las necesidades de los animales. De esta manera, el 49 por ciento reconoce que ha cambiado sus planes de vacaciones para poder llevarse a sus mascotas, a las que el 67 por ciento se refiere a ellas como «bebé» o «hijo».
En todo caso, uno de cada tres de los encuestados (36%) afirma que ha tenido que comprar muebles nuevos y uno de cada seis (18%) confiesa que sobrelleva alguna alergia por tener animales. Además, la investigación ha determinado que casi el 60 por ciento cree que las empresas deberían conceder días de permiso por fallecimiento de mascota, mientras que el 29 por ciento considera necesario que haya un permiso de paternidad cuando la mascota tiene cachorros.
En relación con el gasto medio, los españoles dicen gastar cerca de 45 euros al mes en sus animales. De hecho, un 21 por ciento ha declarado que se gasta más en peluquería para su mascota que para sí mismo y el 20 por ciento ha abierto alguna cuenta en redes sociales para sus animales.

Fiestas de cumpleaños

Respecto a la celebración de los cumpleaños de los animales, el 62 por ciento asegura que lo celebra todos los años con una tarta especial (16%) o les prepara una fiesta (18%). También uno de cada cuatro españoles (26%) envían tarjetas de cumpleaños o regalos de parte de sus mascotas a amigos o familiares e incluso el 33 por ciento ha pagado alguna vez una sesión de fotos profesional para sus animales.
Por último, el estudio concluye que este tipo de relación aporta beneficios tanto para la persona como para el animal. Los dueños de mascotas creen, de manera casi unánime (86%), que tener una mascota contribuye a mejorar su salud mental y el 87 por ciento considera que sus animales son capaces de tener emociones humanas.

En toda España hay más perros que menores de 15 años, según los datos de a Red Española de Identificación de Animales de Compañía (Reiac). Y solo en la ciudad de Madrid el número de estas mascotas duplica el de menores de tres años. La consultora GFK va más allá y afirma que el 62% de los españoles mayores de 15 años tienen una mascota en España mientras que en EE UU la cifra alcanza el 70%. Con estos datos es lógico pensar que tener un negocio orientado al cuidado de los animales de compañía producirá grandes beneficios.

Fuente ABC

La paz es un trabajo paciente que busca la verdad y la justicia



MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA CELEBRACIÓN DE LA 53 JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ
LA PAZ COMO CAMINO DE ESPERANZA:
DIÁLOGO, RECONCILIACIÓN Y CONVERSIÓN ECOLÓGICA
1. La paz, camino de esperanza ante los obstáculos y las pruebas
La paz, como objeto de nuestra esperanza, es un bien precioso, al que aspira toda la humanidad. Esperar en la paz es una actitud humana que contiene una tensión existencial, y de este modo cualquier situación difícil «se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino»[1].  En este sentido, la esperanza es la virtud que nos pone en camino, nos da alas para avanzar, incluso cuando los obstáculos parecen insuperables.
Nuestra comunidad humana lleva, en la memoria y en la carne, los signos de las guerras y de los conflictos que se han producido, con una capacidad destructiva creciente, y que no dejan de afectar especialmente a los más pobres y a los más débiles. Naciones enteras se afanan también por liberarse de las cadenas de la explotación y de la corrupción, que alimentan el odio y la violencia. Todavía hoy, a tantos hombres y mujeres, niños y ancianos se les niega la dignidad, la integridad física, la libertad, incluida la libertad religiosa, la solidaridad comunitaria, la esperanza en el futuro. Muchas víctimas inocentes cargan sobre sí el tormento de la humillación y la exclusión, del duelo y la injusticia, por no decir los traumas resultantes del ensañamiento sistemático contra su pueblo y sus seres queridos.
Las terribles pruebas de los conflictos civiles e internacionales, a menudo agravados por la violencia sin piedad, marcan durante mucho tiempo el cuerpo y el alma de la humanidad. En realidad, toda guerra se revela como un fratricidio que destruye el mismo proyecto de fraternidad, inscrito en la vocación de la familia humana.
Sabemos que la guerra a menudo comienza por la intolerancia a la diversidad del otro, lo que fomenta el deseo de posesión y la voluntad de dominio. Nace en el corazón del hombre por el egoísmo y la soberbia, por el odio que instiga a destruir, a encerrar al otro en una imagen negativa, a excluirlo y eliminarlo. La guerra se nutre de la perversión de las relaciones, de las ambiciones hegemónicas, de los abusos de poder, del miedo al otro y la diferencia vista como un obstáculo; y al mismo tiempo alimenta todo esto.
Es paradójico, como señalé durante el reciente viaje a Japón, que «nuestro mundo vive la perversa dicotomía de querer defender y garantizar la estabilidad y la paz en base a una falsa seguridad sustentada por una mentalidad de miedo y desconfianza, que termina por envenenar las relaciones entre pueblos e impedir todo posible diálogo. La paz y la estabilidad internacional son incompatibles con todo intento de fundarse sobre el miedo a la mutua destrucción o sobre una amenaza de aniquilación total; sólo es posible desde una ética global de solidaridad y cooperación al servicio de un futuro plasmado por la interdependencia y la corresponsabilidad entre toda la familia humana de hoy y de mañana»[2].
Cualquier situación de amenaza alimenta la desconfianza y el repliegue en la propia condición. La desconfianza y el miedo aumentan la fragilidad de las relaciones y el riesgo de violencia, en un círculo vicioso que nunca puede conducir a una relación de paz. En este sentido, incluso la disuasión nuclear no puede crear más que una seguridad ilusoria.
Por lo tanto, no podemos pretender que se mantenga la estabilidad en el mundo a través del miedo a la aniquilación, en un equilibrio altamente inestable, suspendido al borde del abismo nuclear y encerrado dentro de los muros de la indiferencia, en el que se toman decisiones socioeconómicas, que abren el camino a los dramas del descarte del hombre y de la creación, en lugar de protegerse los unos a los otros[3]. Entonces, ¿cómo construir un camino de paz y reconocimiento mutuo? ¿Cómo romper la lógica morbosa de la amenaza y el miedo? ¿Cómo acabar con la dinámica de desconfianza que prevalece actualmente?
Debemos buscar una verdadera fraternidad, que esté basada sobre nuestro origen común en Dios y ejercida en el diálogo y la confianza recíproca. El deseo de paz está profundamente inscrito en el corazón del hombre y no debemos resignarnos a nada menos que esto.
2. La paz, camino de escucha basado en la memoria, en la solidaridad y en la fraternidad
Los Hibakusha, los sobrevivientes de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, se encuentran entre quienes mantienen hoy viva la llama de la conciencia colectiva, testificando a las generaciones venideras el horror de lo que sucedió en agosto de 1945 y el sufrimiento indescriptible que continúa hasta nuestros días. Su testimonio despierta y preserva de esta manera el recuerdo de las víctimas, para que la conciencia humana se fortalezca cada vez más contra todo deseo de dominación y destrucción: «No podemos permitir que las actuales y nuevas generaciones pierdan la memoria de lo acontecido, esa memoria que es garante y estímulo para construir un futuro más justo y más fraterno»[4].
Como ellos, muchos ofrecen en todo el mundo a las generaciones futuras el servicio esencial de la memoria, que debe mantenerse no sólo para evitar cometer nuevamente los mismos errores o para que no se vuelvan a proponer los esquemas ilusorios del pasado, sino también para que esta, fruto de la experiencia, constituya la raíz y sugiera el camino para las decisiones de paz presentes y futuras.
La memoria es, aún más, el horizonte de la esperanza: muchas veces, en la oscuridad de guerras y conflictos, el recuerdo de un pequeño gesto de solidaridad recibido puede inspirar también opciones valientes e incluso heroicas, puede poner en marcha nuevas energías y reavivar una nueva esperanza tanto en los individuos como en las comunidades.
Abrir y trazar un camino de paz es un desafío muy complejo, en cuanto los intereses que están en juego en las relaciones entre personas, comunidades y naciones son múltiples y contradictorios. En primer lugar, es necesario apelar a la conciencia moral y a la voluntad personal y política. La paz, en efecto, brota de las profundidades del corazón humano y la voluntad política siempre necesita revitalización, para abrir nuevos procesos que reconcilien y unan a las personas y las comunidades.
El mundo no necesita palabras vacías, sino testigos convencidos, artesanos de la paz abiertos al diálogo sin exclusión ni manipulación. De hecho, no se puede realmente alcanzar la paz a menos que haya un diálogo convencido de hombres y mujeres que busquen la verdad más allá de las ideologías y de las opiniones diferentes. La paz «debe edificarse continuamente»[5], un camino que hacemos juntos buscando siempre el bien común y comprometiéndonos a cumplir nuestra palabra y respetar las leyes. El conocimiento y la estima por los demás también pueden crecer en la escucha mutua, hasta el punto de reconocer en el enemigo el rostro de un hermano.
Por tanto, el proceso de paz es un compromiso constante en el tiempo. Es un trabajo paciente que busca la verdad y la justicia, que honra la memoria de las víctimas y que se abre, paso a paso, a una esperanza común, más fuerte que la venganza. En un Estado de derecho, la democracia puede ser un paradigma significativo de este proceso, si se basa en la justicia y en el compromiso de salvaguardar los derechos de cada uno, especialmente si es débil o marginado, en la búsqueda continua de la verdad[6]. Es una construcción social y una tarea en progreso, en la que cada uno contribuye responsablemente a todos los niveles de la comunidad local, nacional y mundial.
Como resaltaba san Pablo VI: «La doble aspiración hacia la igualdad y la participación trata de promover un tipo de sociedad democrática. […] Esto indica la importancia de la educación para la vida en sociedad, donde, además de la información sobre los derechos de cada uno, sea recordado su necesario correlativo: el reconocimiento de los deberes de cada uno de cara a los demás; el sentido y la práctica del deber están mutuamente condicionados por el dominio de sí, la aceptación de las responsabilidades y de los límites puestos al ejercicio de la libertad de la persona individual o del grupo»[7].
Por el contrario, la brecha entre los miembros de una sociedad, el aumento de las desigualdades sociales y la negativa a utilizar las herramientas para el desarrollo humano integral ponen en peligro la búsqueda del bien común. En cambio, el trabajo paciente basado en el poder de la palabra y la verdad puede despertar en las personas la capacidad de compasión y solidaridad creativa.
En nuestra experiencia cristiana, recordamos constantemente a Cristo, quien dio su vida por nuestra reconciliación (cf. Rm 5,6-11). La Iglesia participa plenamente en la búsqueda de un orden justo, y continúa sirviendo al bien común y alimentando la esperanza de paz a través de la transmisión de los valores cristianos, la enseñanza moral y las obras sociales y educativas.
3. La paz, camino de reconciliación en la comunión fraterna
La Biblia, de una manera particular a través de la palabra de los profetas, llama a las conciencias y a los pueblos a la alianza de Dios con la humanidad. Se trata de abandonar el deseo de dominar a los demás y aprender a verse como personas, como hijos de Dios, como hermanos. Nunca se debe encasillar al otro por lo que pudo decir o hacer, sino que debe ser considerado por la promesa que lleva dentro de él. Sólo eligiendo el camino del respeto será posible romper la espiral de venganza y emprender el camino de la esperanza.
Nos guía el pasaje del Evangelio que muestra el siguiente diálogo entre Pedro y Jesús: «“Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”. Jesús le contesta: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”» (Mt 18,21-22). Este camino de reconciliación nos llama a encontrar en lo más profundo de nuestros corazones la fuerza del perdón y la capacidad de reconocernos como hermanos y hermanas. Aprender a vivir en el perdón aumenta nuestra capacidad de convertirnos en mujeres y hombres de paz.
Lo que afirmamos de la paz en el ámbito social vale también en lo político y económico, puesto que la cuestión de la paz impregna todas las dimensiones de la vida comunitaria: nunca habrá una paz verdadera a menos que seamos capaces de construir un sistema económico más justo. Como escribió hace diez años Benedicto XVI en la Carta encíclica Caritas in veritate: «La victoria sobre el subdesarrollo requiere actuar no sólo en la mejora de las transacciones basadas en la compraventa, o en las transferencias de las estructuras asistenciales de carácter público, sino sobre todo en la apertura progresiva en el contexto mundial a formas de actividad económica caracterizada por ciertos márgenes de gratuidad y comunión» (n. 39).
4. La paz, camino de conversión ecológica
«Si una mala comprensión de nuestros propios principios a veces nos ha llevado a justificar el maltrato a la naturaleza o el dominio despótico del ser humano sobre lo creado o las guerras, la injusticia y la violencia, los creyentes podemos reconocer que de esa manera hemos sido infieles al tesoro de sabiduría que debíamos custodiar»[8].
Ante las consecuencias de nuestra hostilidad hacia los demás, la falta de respeto por la casa común y la explotación abusiva de los recursos naturales —vistos como herramientas útiles únicamente para el beneficio inmediato, sin respeto por las comunidades locales, por el bien común y por la naturaleza—, necesitamos una conversión ecológica.
El reciente Sínodo sobre la Amazonia nos lleva a renovar la llamada a una relación pacífica entre las comunidades y la tierra, entre el presente y la memoria, entre las experiencias y las esperanzas.
Este camino de reconciliación es también escucha y contemplación del mundo que Dios nos dio para convertirlo en nuestra casa común. De hecho, los recursos naturales, las numerosas formas de vida y la tierra misma se nos confían para ser “cultivadas y preservadas” (cf. Gn 2,15) también para las generaciones futuras, con la participación responsable y activa de cada uno. Además, necesitamos un cambio en las convicciones y en la mirada, que nos abra más al encuentro con el otro y a la acogida del don de la creación, que refleja la belleza y la sabiduría de su Hacedor.
De aquí surgen, en particular, motivaciones profundas y una nueva forma de vivir en la casa común, de encontrarse unos con otros desde la propia diversidad, de celebrar y respetar la vida recibida y compartida, de preocuparse por las condiciones y modelos de sociedad que favorecen el florecimiento y la permanencia de la vida en el futuro, de incrementar el bien común de toda la familia humana.
Por lo tanto, la conversión ecológica a la que apelamos nos lleva a tener una nueva mirada sobre la vida, considerando la generosidad del Creador que nos dio la tierra y que nos recuerda la alegre sobriedad de compartir. Esta conversión debe entenderse de manera integral, como una transformación de las relaciones que tenemos con nuestros hermanos y hermanas, con los otros seres vivos, con la creación en su variedad tan rica, con el Creador que es el origen de toda vida. Para el cristiano, esta pide «dejar brotar todas las consecuencias de su encuentro con Jesucristo en las relaciones con el mundo que los rodea»[9].
5. Se alcanza tanto cuanto se espera[10]
El camino de la reconciliación requiere paciencia y confianza. La paz no se logra si no se la espera.
En primer lugar, se trata de creer en la posibilidad de la paz, de creer que el otro tiene nuestra misma necesidad de paz. En esto, podemos inspirarnos en el amor de Dios por cada uno de nosotros, un amor liberador, ilimitado, gratuito e incansable.
El miedo es a menudo una fuente de conflicto. Por lo tanto, es importante ir más allá de nuestros temores humanos, reconociéndonos hijos necesitados, ante Aquel que nos ama y nos espera, como el Padre del hijo pródigo (cf. Lc 15,11-24). La cultura del encuentro entre hermanos y hermanas rompe con la cultura de la amenaza. Hace que cada encuentro sea una posibilidad y un don del generoso amor de Dios. Nos guía a ir más allá de los límites de nuestros estrechos horizontes, a aspirar siempre a vivir la fraternidad universal, como hijos del único Padre celestial.
Para los discípulos de Cristo, este camino está sostenido también por el sacramento de la Reconciliación, que el Señor nos dejó para la remisión de los pecados de los bautizados. Este sacramento de la Iglesia, que renueva a las personas y a las comunidades, nos llama a mantener la mirada en Jesús, que ha reconciliado «todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz» (Col 1,20); y nos pide que depongamos cualquier violencia en nuestros pensamientos, palabras y acciones, tanto hacia nuestro prójimo como hacia la creación.
La gracia de Dios Padre se da como amor sin condiciones. Habiendo recibido su perdón, en Cristo, podemos ponernos en camino para ofrecerlo a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Día tras día, el Espíritu Santo nos sugiere actitudes y palabras para que nos convirtamos en artesanos de la justicia y la paz.
Que el Dios de la paz nos bendiga y venga en nuestra ayuda.
Que María, Madre del Príncipe de la paz y Madre de todos los pueblos de la tierra, nos acompañe y nos sostenga en el camino de la reconciliación, paso a paso.
Y que cada persona que venga a este mundo pueda conocer una existencia de paz y desarrollar plenamente la promesa de amor y vida que lleva consigo.
Vaticano, 8 de diciembre de 2019

FRANCISCO.


   


















¡No más muertes en Venezuela! Por la dignidad sagrada de toda vida humana
Cuando el hambre y la violencia te rodean, cuando la corrupción provoca el caos, el desastre y el saqueo de las multinacionales; cuando los cuerpos de niños y jóvenes yacen en las calles en charcos de sangre; cuando las armas han sustituido a los libros y lápices; es la solidaridad, entendida como compartir hasta lo necesario para vivir, la única esperanza de los empobrecidos.
Así lo entienden los pobres que luchan por su dignidad, así lo transmiten las madres que han perdido a sus hijos en balaseras sin control, los pobres matando a los pobres, ¡hay mayor desgracia, o mejor dicho, injusticia!
Los que se aprovechan de ello, de esta situación de sometimiento por la violencia, ponen la mano para sacar pingües beneficios de la situación de un país ¡tan rico! y tan empobrecido. Se repite el modelo una vez más…que tantas veces hemos visto en países de África e Iberoamérica.

Las cruces que simbolizan los muertos por la violencia, con el plomo o con la pólvora del hambre, pinchan la tierra en una herida que solo puede ser cerrada por un amor entregado, por una Caridad Política hecha carne en los paises empobrecidos como lo es Venezuela.

Nos unimos a los miembros de la Fundación por la Dignidad Sagrada de la Vida, que oran y luchan en las calles de Venezuela por la Paz, por la Justicia, por la dignidad de las personas que sufren estas lacras.
En solidaridad con nuestros hermanos luchemos por la Justicia aquí también, en España.
Solidaridad.net
Papa Francisco pide rezar en enero «para que los cristianos, los que siguen otras religiones y las personas de buena voluntad promuevan juntamente la paz y la justicia»


* «En un mundo dividido y fragmentado, quiero invitar a la reconciliación y a la fraternidad entre todos los creyentes y también entre todas las personas de buena voluntad. Nuestra fe nos lleva a difundir los valores de la paz, de la convivencia, del bien común»

Papa Francisco en el Ángelus, 1-1-20: «La salvación de Jesús no es mágica, sino paciente»


* «El primer día del año la liturgia celebra a la Santa Madre de Dios, María, la Virgen de Nazaret que dio a luz a Jesús, el Salvador. Ese niño es la bendición de Dios para cada hombre y mujer, para la gran familia humana y para el mundo entero. Jesús no eliminó el mal del mundo pero lo derrotó en su raíz. Su salvación implica la paciencia del amor, que asume la iniquidad y le quita su poder. La paciencia del amor, el amor nos hace ser pacientes. Pero tantas veces perdemos esta paciencia, incluso yo, pido disculpas por el equivocado gesto de ayer. por esta razón, al contemplar el pesebre vemos, con los ojos de la fe, el mundo renovado, liberado del dominio del mal y puesto bajo el señorío real de Cristo, el Niño acostado en el pesebre»